Breviario del miedo XI

Heliofobia

(primera parte)

1.

¿Quién huye del sol? me decía… Sólo los asolados habitantes del desierto… Y los naúfragos. Pero en mi cabeza estallaba la idea de un cuerpo como médano de hielo, destinado a extinguirse lentamente si no conseguía alejarme de esa luz, de ese calor… —Eres como un vampiro aterrado por el día… Tu tanofobia es insostenible… Yo no puedo soportarlo más…— Sin embargo se quedaba, echaba las cortinas y acurrucada a mi lado, se quedaba… Supongo que ahí dentro, donde no la alcanzaba el sol, también disfrutaba de las largas caminatas nocturnas, los escasos minutos que nos regalaban días de eclipse y mi música siempre inundada de oscuros tonos azul…

¿Cuándo nació esta animadversión al sol? supongo que de niño: creció conmigo escondida como yo en algún clóset o debajo de las cobijas… Descubrió a mi lado los húmedos rincones donde no se filtraba la luz, los ángulos de un baño que apenas sugerían un halo del sol… Luego todo fue costumbre… Mis familiares se rindieron a la idea de volverme normal a las primeras tres crisis, seguro se crearon una imagen de mí como de un demonio, con cuernos y todo… Entonces decidieron olvidarme entre mis sombras… Un piano salido de ninguna parte en esa oscuridad y de pronto mi mundo fue completo…

Hasta que ella llegó, atraida por mis sonidos de noche…

Ahora ya no importa, porque igual ya se ha ido; como las noches, se ha ido… Como todo aquello que importa. Nunca mi oscuridad se había sentido tan profunda ni tan oscura, será el silencio de mis manos o la ausencia de su voz…

Las paredes comparten su salitre, la humedad de la que nacen protuberancias como granos en los cuales descubro formas interminables: increíbles. El olor de esta humedad se instala en todo lo que conozco y representa mi mundo en penumbras. Algunos animales menores han perdido el miedo ante mi presencia y ahora habitan confortables en mi habitación, rara vez hago caso de su presencia… Nunca había sentido inseguridad de mi propia sombra, me muevo por entre escombros de comida que ni los roedores se atreven a morder. Ya no salgo más allá de la entrada para recoger los alimentos a domicilio que me mantienen vivo, casi en suspensión animada… Mi familia sigue sosteniendo esta metáfora de vida, mientras aquí, en esta prisión voluntaria, lo único que evita mi locura es la música que, como yo,  se niega a morir…

2.

Ha pasado un año desde su partida… Apenas en mí quedan rastros de humanidad, mi familia hace tiempo dejó de financiarme por lo que he ido acabando con los seres vivos que me rodeaban, ahora no queda ninguno… Y el frío parece escapar de mi alma, para darme calor he tenido que quemar uno a uno mis preciados libros… Poe, Le Fanú, Saki, Lovecraft, todos han ardido en la pira cual brujas condenadas. Me niego a acabar también con el piano por miedo a enloquecer…

Finalmente lo he quemado a él también… ahora no queda nada…

Las últimas dos semanas apenas he tenido fuerza para moverme, vivo hecho un ovillo entre las heces… Me alimento de mi propia orina…

Esta ha sido la tercera noche en que salgo de cacería, poco a poco los animales callejeros comienzan a desaparecer…

(Continuará…)

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