Breviario del miedo XIII

La balada del imperfecto amor

Y la niña no dejará de llorar. Será el hambre o la ansiedad de una mirada, pero el azul de sus ojos estallará sin freno y chocará en las ríspidas rocas silenciosas de una madre inconsciente por el alcohol. El futuro es difícil cuando tienes tres años y anoche te dieron a beber el último biberón de una vida feliz. Porque así es el destino, sin anunciar te desviste de la esperanza y te baña en una tina llena de realidad. Al menos, cuando crezca no recordará esta tarde tan desesperada de hambre y amor. Es lo bueno de los niños, simplemente se desprenden de los recuerdos y de los rostros. Sólo quedan entre ellos y el mundo las sensaciones y los golpes. Un día, lamentablemente para ella dentro de bastantes años, todo este rencor acumulado se convertirá en un cáncer que paradojicamente la absolverá de su dolor.

Mientras tanto, nosotros que la conoceremos y la amaremos nos preparamos sin saberlo para su desolación. Yo por mi parte tendré la infortuna de amar su sombra. Me vestiré del minero enamorado que la golpeará día tras día tratando de extraer la veta de amor que hace millones de horas dejó de existir. Y mis manos llorarán su sangre y su sangre inundará mis ojos. Pero no seré el único, cientos de hombres y mujeres hundirán sus uñas en esa carne vacía tratando inutilmente de aferrarse a su abandono. Sus labios succionarán en cantidades mortales la nada hacinada en su saliva y los dejará, como a mí, vagando por calles deshabitadas, vulnerablemente sensibles a su insensabilidad, poseídos de la angustia de no poseer.

Porque esa es la generosidad del imperfecto amor: nos comparte y nos convierte en parte de su desesperación.

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