Breviario del miedo XVI

Rocko

¡Rocko, debes matarlo! ¡Si eres hombre, debes matarlo! Desde dentro del bote Juliette alentaba al hombre a que realizara su labor. ¡No esperes a que reaccione, mátalo ahora! Y Rocko echó otra mirada sobre aquel cuerpo inerte. Sabía que si acababa con él Juliette le pertenecería para siempre. Desvió la vista simultáneamente que encasquillaba la pistola y volteó sólo para asegurarse de no fallar. Pero justo en el momento en que iba a tirar del gatillo…

¡Otra vez el apagón! ¡Maldita sea! Es la tercera vez en una semana que me pasa esto. Cabrones trabajadores del metro, seguramente cuando les da güeva seguir trabajando provocan un corto. ¡Y yo que me chingue!

Alejandro pensó que era estúpido seguir lanzando pestes mentales contra los trabajadores, así que mejor se levantó y fue por otra cerveza. En el camino no calculó la distancia necesaria para esquivar una de las sillas e irremediablemente se golpeó la pantorrilla.

¡Me carga la chingada! Agarró la silla y cuando estaba a punto de arrojarla contra el suelo lo sorprendió la luz que regresó seguida de una autoritaria voz: ¡Más te vale dejar eso donde está! El susto le hizo dejar lentamente la silla y ya repuesto del charolazo miró el punto de donde procedía la voz. Jean Paul totalmente repuesto golpeaba sin misericordia a un enpequeñecido Rocko. Un rápido close up mostró la cara enardecida de Juliette que incitaba al héroe a seguir golpeando.

Alejandro se sintió aliviado y al reflexionar lo ridículo de su actitud se soltó a carcajadas.

¡Pinches películas viejas!, me cai que estaban bien hechas. Siguió su camino a la cocina y regresó a la sala con la cerveza en una mano. Se recostó de nuevo en el diván y encendió un cigarrillo. Luego increpó a la mujer que en ese momento aparecía sola en la pantalla: ¡Ahora sí verdá cabrona! Pero cómo estabas hace rato. Haber ¿por qué no le dices ahora a Rocko que lo mate? Que entonces serás suya. No verdá. Si así son todas las piches viejas, nada más cuando les conviene.

En la pantalla se podía suponer que la pelea había terminado, porque aunque la mujer no dejaba de mirar hacia la cámara, es decir hacia la pantalla, después de un momento en que pareció escuchar algo que la indignó, comenzó de nuevo a decir: ¡Mátalo Jean Paul!, ¡Mátalo ahora que no se ha dado cuenta!, ¡Ese hombre me ha insultado como nunca nadie lo había hecho! ¡Mátalo y seré tuya para siempre!

La sonrisa de Alejandro quedó congelada cuando sintió en su espalda el primer impacto. Apenas tuvo tiempo de escuchar la risa proveniente de la pantalla. Su cerebro seguía incrédulo ante la situación. Aún en ese momento un pensamiento absurdo lo traicionó: ¡Pinche vieja… Se salió con la suya! Con su último aliento volteó tratando de reconocer en su asesino el rostro duro de Jean Paul, pero un nuevo apagón le impidió ver las facciones del criminal.

 

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