Breviario del miedo XXIX

Ayer, como siempre, fue el fin del mundo. Y como siempre también, a la misma hora vuelvo a despertar. Puntual regreso de este interminable sueño:

Un mar hecho de retazos de cielo donde tu y yo nos escondíamos para robar cachitos de muerte, que por ser tan pequeños, ni ella se percataba de su ausencia. Así pasaron muchos años: Años de arcoiris y plata-gelatina. Años con sabor a chocolate y caramelos.
Hoy siento que han pasado 200 años de aquello: Un par de siglos encerrado en un sarcófago olvidado en el fondo del océano. Y lo más terrible dentro de esta vastedad, de este asfixiante exceso de nada, persiste en ser el recuerdo de tus manos.

Y héme aquí convertido en un vampiro: un triste vampiro que se conforma con vagar en una habitación tan ruinosa como él, sin siquiera el consuelo de poder charlar con su propio reflejo. Un estúpido maniquí olvidado de cara a la pared, con los ojos siempre abiertos mirando un muro viejo por toda la eternidad.

¿Lo ves amor? Este es el precio por derrochar la alegría tan irresponsablemente: Porque la alegría, como todas las cosas, también se agota y nos deja platicando en baldíos solares con la nada.
Ahora, como siempre a esta hora, dejo que las últimas palabras se me escurran y me lleno de silencio para, sin interrupciones, quedarme absorto en la espera inútil de tus manos.

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