Breviario del miedo XXV

Conjugación del ser

Todo ha pasado ya, este es el recuento de los daños, el por qué de lo que sucedió.

Las tres primeras personas del verbo escriben el final de su historia: Quedamos nosotros, ustedes y ellos para entender…

Gonzalo Chávez

Abro los ojos y no veo nada… absolutamente nada. El mundo se reduce a una plasta negra interminable que va más allá del cielo raso de tus ojos. Busco, palpo en la asfixiante oscuridad la cálida textura de tu piel y encuentro sólo los fríos bloques de granito que delimitan este encierro. Afuera escucho una voz que tiene mi propio sonido buscándome desesperada, entonces sé que estoy muerto… Gonzalo Chávez está muerto.

 

Elena

Te acurrucas un momento junto al cuerpo inconsciente, tratando de no darle importancia al inextinguible espacio lleno de estrellas que se asoma curioso por la ventana. La noche hermosa entra con sus pies desnudos a la habitación y pronto ensucia sus talones con la pegajosa humedad de la sangre, la sangre que tu has liberado del cuerpo de tu hombre, Elena.

 

Gonzalo Chávez

En algún momento yo debí ser feliz, cuando estaba afuera seguro que hubo un instante, una fracción de segundo, un parpadeo en que fui feliz. Dime Gonzalo Chávez ¿tú allá afuera has sido feliz?

-Hay un momento en que la tarde baja la mirada y permite que la noche le desnude el torso lentamente para besarle el pecho, entonces pienso en ella. Recuerdo que la tuve entre mis brazos, apretando mis senos contra la piel, acariciando su espalda, presintiendo el color de sus pupilas debajo de sus párpados cerrados…

Pobre Gonzalo Chávez… Pobre de mi… Ahora se que nunca fui feliz.

 

Edgar

Edgar despierta y se agazapa en un rincón del baño, asustado como un niño ante su primera pesadilla. Tuvo un acceso de tos y sin querer escupió su corazón, ese corazón que lo mira bajo la lluvia artificial de la regadera como un gran ojo de buitre, helado, insensible, delatando los más encerrados miedos del opiómano. En el empañado cristal mira su borroso reflejo y con terror descubre que está mirando un gato negro.

 

Elena

Ahora vagas enloquecida por las calles Elena. Tus ojos son soles extintos antes de tiempo bajo una lluvia de papel. Ya no escuchas la música de las avenidas transitadas que te invitan a bailar. En tu bolso viaja el miembro amputado de tu hombre que con sus lágrimas rojas tiñe de escalata el pavimento. Ahora es tan sólo un objeto inerte que llora su virilidad.

 

Edgar

Desfilan por el pequeño baño los acróbatas y payasos chamuscados del circo donde trabajaba su madre. Ella también murió en ese incendio. Édgar la mira retorcerse en un baile siniestro con las llamas que la abrazan y besan su ennegrecida piel. Y mira la sangre que se confunde en el suelo con el agua que cae. Y es su propia sangre. Sólo entonces comienza a percatarse del dolor.

 

Elena

Te gustaba que cegara tus ojos con un pañuelo antes de hacerte el amor. Sólo así podías soportar la noche; sólo así alejabas de tus ojos la imagen de ese hombre que te golpeaba embriagado por las estrellas desde que tenías siete años. Ese hombre que era tu padre.

 

Gonzalo Chávez

¿Por qué no puedo apartar las voces? ¿Por qué me persiguen incluso aquí en este frío agujero? Incluso yo Gonzalo Chávez merezco que estos murmullos dejen de roerme como ratas en mi última morada. Merezco que al menos aquí dentro esos ojos de niña terminen de taladrarme con su mirada acusadora.

– Yo la amaba, porque era mía. Me pertenecía para amarla sin piedad, para tomar sus pequeñas manos entre las mías como si se tratara de un pájaro herido para apretarlas: apretarlas hasta que no fueran más que un puñado de carne roja que se retorcía indefensa bajo mi piel.

Veía sus ojos y no eran los de ella, eran los terrribles ojos de esa mujer que cruzaba el umbral del sueño para aparecer una y otra vez detrás de la mirada aterrada de mi niña. Entonces yo tenía que rescatarla: golpearla una y otra vez para que abandonara ese cuerpo que me pertenecía ¿Tú lo sabes, verdad? Aún allá afuera entiendes lo que quiero decir.

– Porque yo la amaba, la amaba más allá de la dulzura. Amaba el brillo como luciérnagas en el fondo de sus ojos nocturnos, esos ojos de madrugada que me embriagaban con su llanto.

Escucho hablar a alguien con mi voz y sé que estoy muerto, que nunca voy a encontrar la paz.

 

Elena

Entras por la puerta siguiendo la luz sin mirar al hombre que intenta detenerte. Tu mente es sólo una palomilla fascinada por el fuego de un quinqué. Atraviesas ese oasis lleno de gente que se mueve al ritmo de una música que no alcanzas a oir y que sin embargo te ensordece. Aturdida te quedas estática al centro de la pista. Un hombre se te acerca y te dice algo incomprensible. En tu fantasía sin razón crees entender que te pide algo y buscas en tu bolso. Sacas el miembro ensangrentado y al primer grito ese microcosmos se convierte en un pandemónium. Mujeres que gritan y corren sin saber muy bien por qué. Los hombres siguen el movimiento como moscas alrededor de ti, Elena, que sigues en el centro, congelada por el cambio de luz. Lo curioso es que de pronto nadie te mira, nadie sabe que tú has causado ese alboroto.

 

Gonzalo Chávez

Sueño que levanto la mano como pidiendo hablar y el profesor me hace pasar al frente. Es entonces que me percato de que estoy desnudo en un salón repleto de niñas desnudas hasta las calcetas. Pero yo no tengo calcetas ni zapatos y me averguenzo. Tengo que pasar descalzo al pizarrón entre las carcajadas de mis compañeras. Algo me oprime el pecho y me paraliza: es el pánico. El orín baja caliente por mi pierna y me arrebata de ese sueño al abrir los ojos, pero el pánico no desaparece…

Mi madre me sacaba a la zotehuela en la madrugada, desnudo de la cintura para abajo, y gritaba muy fuerte para que todos escucharan… Si hubiera tenido mucho dinero habría comprado montones de sábanas iguales para cambiarlas y ella no se habría dado cuenta. Pero entonces yo, Gonzalo Chávez, sólo tenía un par de sábanas mojadas, la zotehuela y un cuerpo desnudo, entumecido por la verguenza.

 

Elena

Sales entre empujones de aquel antro. En algún momento del caos el amputado miembro cayó de tu mano y tú ya ni siquiera te diste cuenta. Ese era tu último vínculo con la realidad.

 

Gonzalo Chávez

– A veces dormía en la cama con mamá. Recuerdo sus manos acariciando su cara antes de despertar. Su cálido cuerpo muy cerca del mío. Ella era una mujer hermosa. Casi no recuerdo la cara de mi padre pero sé que ella se llamaba Elena, como mi niña, con sus mismos ojos.

Decían en la calle que el hombre que me engendró nos abandonó porque estaba celoso de mi. Porque cuando crecí mi madre ya no podía compartir su cama con dos hombres que se llamaban igual y una noche cualquiera tuvo que elegir. De él recuerdo bien poco: la palma de su mano enrojecida por mi cuerpo, su mirada llena de odio y sus pasos marinos saliendo de casa para no volver jamás. Es bien poco lo que recuerdo, pero Gonzalo Chávez, ahora, aquí adentro, perdido entre las voces de tu mente, estoy seguro que tu vida hubiera sido mejor si tu madre lo hubiera escogido a él.

 

Édgar

El efecto de la droga no ha desaparecido totalmente pero Édgar siente que su sexo es un volcán cuya dolorosa lava sube y baja por su cuerpo sin apegarse a las leyes de la gravedad. Con el movimiento del agua su sangre forma figuras caprichosas en el piso: un gorila de circo, un péndulo… Un corazón. La memoria le gasta su última broma: en su pensamiento absurdo su cerebro recuerda dónde se hallaba una vieja carta extraviada e intenta sonreir, pero su boca sólo dibuja una mueca deforme. La lucidez comienza a inundarlo y lo asalta la imagen de una mujer de ojos nocturnos: Elena. Entoncés recuerda que en el sopor de la droga no quiso escuchar sus súplicas. Esta noche quiso mirar sus ojos al hacerle el amor, amarla sin vendas y perderse en sus pupilas, entonces todo se hizo oscuridad.

En un desesperado esfuerzo Édgar empapa su dedo con sangre y con la última bocanada de aire alarga su mano crispada como garra de cuervo para escribir aquel nombre. En su lugar escribe dos palabras en la resbalosa superficie: “NUNCA JAMÁS”.

 

 

Elena

Te recuestas sobre el pasto de un parque cualquiera y abres los brazos pra esperar la luz del día. Ahora ya no importa cuánto se tarde en llegar, finalmente has atravesado el cristal de tus ojos de niña nocturna para deambular a cualquier hora por los jardines. Eres libre Elena, ahora que has perdido totalmente la razón.

 

Gonzalo Chávez

– Mi nombre es Gonzalo Chávez, como el de mi padre. Casi no recuerdo su rostro, pero sé que se llamaba Elena, como mi niña, con sus mismos ojos…

Sé que hoy tampoco vendrás y el frío de mi encierro se vuelve insoportable. Si al menos existiera una rendija donde pudiera ver la noche, la noche de tus ojos, Elena…

– A veces dormía en la cama con mamá. Recuerdo sus manos acariciando mi cara antes de despertar. Su cálido cuerpo muy cerca del mío. Ella era una mujer hermosa.

… La noche que me robaron al enterrarme en este manicomio esos hombres que te llevaron lejos, que no entendieron que yo te amaba, que sólo quería arrancar de tus ojos los ojos de mi madre.

– Porque yo la amaba, la amaba más allá de la dulzura. Amaba el brillo como luciérnagas brillando en el fondo de sus ojos nocturnos, esos ojos de madrugada que me embriagaban con su llanto.

Si al menos por esa rendija pudiera filtrar mi voz por encima de esa voz absurda de allá afuera. Si pudiera… Si al menos pudiera por esa rendija pedirte perdón…

 

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