El club de los 27

Jimi rompe en llanto. Sus párpados se niegan a abrir; siente el vómito acumularse en su garganta sin poder salir… como sus lágrimas. Gira la cabeza para dejar escapar toda esa pudredumbre con sabor a alcohol, pero el necio paramédico la regresa a su lugar. En su delirio mira sus manos y encuentra una vieja guitarra, está sentado en un cruce de caminos perdido en el Delta, la imagen semeja una descolorida fotografía en blanco y negro y él en el centro espera la llegada de aquel hombre que silenciosamente aparece con un contrato tallado en piedra. Jimi firma con su sangre sobre la roca y en un segundo todo cambia: sus manos convertidas en cuervos negros vuelan frenéticas sobre las cuerdas de aquella guitarra que en medio de una multitud comienza a arder.

Una sacudida lo saca del cuerpo de Robert que yace junto a una dama cuyo marido a lo lejos vacía el veneno en un vaso de alcohol.

Pero Jimi ya no está ahí, descansa en el fondo de una alberca que, como su vómito, lo comienza a ahogar. Desesperado busca en el fondo el inhalador pero sus movimientos son lentos bajo el agua. Siente como la lengua se hincha y sale de su boca arremedando aquel viejo logo que le recuerda que hace poco dejó de rodar. Un reflejo en el agua le devuelve su propio rostro, pero ese reflejo es también el rostro de Brian que lo arrastra al fondo nuevamente mientras tararea “No siempre puedes conseguir lo que quieres“…

Luego poco a poco todo se va pintando de negro.

Una vuelta más de la ambulancia y Jimi escucha a los niños gritarle a una adolescente llena de acné algo del premio al hombre más feo. Si su garganta no se encontrara tan abotagada por el alcohol sentiría de nuevo el nudo en la garganta al observar las lágrimas caer en los lentes redondos de cristal azul. Le toca la cara con las manos y reconoce unos rasgos familiares, femeninos: la conoció en el Chelsea no hace mucho tiempo atrás. Recuerda que cuando la escuchó cantar esa voz le desprendió un pequeño pedazo de su corazón, pero aquello fue todavía en un tiempo de verano. Horas antes aquella bruja cósmica bromeaba con aquella sonrisa triste y repetía que sería imposible perderse lo dos en menos de un mes. Despúes de la función subió sola, como siempre, a su cuarto de hotel y encerrada con su tristeza bebieron juntas hasta desaparecer.

Por un momento siente que recobrará la conciencia y escucha el llamado de su guitarra y vuelve a la velada anterior cuando componía una melodía que se resistía a sonar: demasiados conciertos, demasiadas noches… demasiado alcohol. Luego, como siempre, todos se comienzan a ir.

Ya solo, con la botella en mano te dejas cae pesadamente en la bañera. Por primera vez desde que se apagaron tus ojos cede la angustia. Una calma se va apoderando de tus músculos y las palabras se agolpan en tu mente. Abres la boca y y crees que por fin has logrado vomitar, pero de tus labios sólo brota un cúmulo de palabras que forman un breve párrafo:

“Todos los poemas tienen un lobo dentro,
todos menos uno, el más hermoso de todos.
Ella baila en un círculo de fuego
y encogiendose de hombros
recibe el desafío.”
Luego las puertas de tu percepción se abren y en el umbral ves la silueta de Pamela, la reina de la carretera, tu mujer, Jimbo, que en la sombra de sus angelinos ojos te escribe la promesa de pronto estar junto a ti. Sonríes recordando todas tus travesuras. Sabes que pase lo que pase ahora ya nadie podrá negarte el derecho de proclamarte como el Rey Lagarto. Míster Mojo que asciende nuevamente para cabalgar en la tormenta mientras esperas por el sol. Con ese pensamiento sumerges la cabeza y exhalas el aire para no salir más.

 

Con un espasmo vuelve el dolor. Se despeja tu mirada y distingues el olor del espíritu adolescente en aquel niño solitario que ataca una guitarra con rencor. Te acercas para corregirlo, para enseñarle como se debe tratar al instrumento: esa extensión que te duele como si fuera parte de tu piel y es entonces que lo escuchas prometer a su hermana que él un día también formará parte del Club. Ella se suelta en llanto y Kurt, todo excusas, le dice que todo está bien. Sin embargo en el pecho sientes toda su rabia y desesperación, un torbellino que de a poco te succiona y te lanza a otro momento donde los oscuros ojos de la escopeta que te mira fijamente acaban de estallar.

Sientes un golpe intenso y sabes que no, que no has tocado ningún Nirvana, que acaso sólo es un triste retorno al negro.

Ella se mueve en ritmos acompasados de jazz, es delgada debido, tal vez, a la bulimia. Con su voz profunda te canta una y otra vez que no es buena que no se quiere rehabilitar. Su escuálida figura cubierta de tatuajes zigzaguea hasta alcanzar la botella de vodka y la bebe: bebe una tras otra ante la mirada hiriente de la multitud. Sus ojos buscan en la muchedumbre a Blake pero sólo reconocen en ella su propia soledad. Entonces cae, como un boxeador vencido cae para no volverse a levantar.

Eso te devuelve a ti, Jimi: a la forma en que siendo número uno perdiste la pelea. A través del mirador recuerdas que todo esto es el preámbulo de la despedida. Tratas una última vez de abrir los ojos, de volver, pero es inútil, la niebla púrpura te ha rodeado casi totalmente, en ella únicamente distingues al ángel que se acerca, que con su pequeña ala te toma la mano curtida por las cuerdas y finalmente te aleja de ese lugar.

Luego el mundo se sume en el silencio.

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