Literatura imposible 10

Cotidiana

Se encontraron en el pesero. Ella tímidamente le presentó a su mamá, como quien presenta al novio de manera formal: -Antonio, un compañero del trabajo. Con las mejillas rojas él saludó un poco cohibido, hizo una plática trivial y se despidió unas cuadras después. Eso fue un 17 de octubre, hace cinco años. Yo lo recuerdo porque iba en ese pesero; de hecho los encontré muchas veces por esta misma ruta: enojados, ensimismados, tomados de la mano… Imaginé su vida, como un amigo lejano que ellos no conocen. En una ocasión cuando ella todavía viajaba sola el micro se frenó y perdió el equilibrio, se cayeron sus cosas y yo le ayudé a levantarlas, llevaba un folder con oficios, así me enteré que su nombre era Alicia Montemayor Estrada, secretaria…
La ociosidad nos hace distraernos inventando historias durante los tiempos muertos, como cuando se viaja en un pesero. Por eso y por la casualidad yo comencé con la historia de ellos dos. A cinco años de distancia imaginé que vivían juntos, bien casados, en un romance que comenzó en el pesero o un poco antes y maduró furtivamente en el trabajo… Pensé que el era contador y ella la asistente de algún licenciado de la empresa. Digo era porque él dejó de frecuentar la ruta, a lo más esperaba a Alicia en la esquina de División… Yo inventé en su historia que hubo un error en la contabilidad y se lo achacaron a él, luego se supo que el culpable fue el administrador, pero muy tarde, Antonio ya había dejado el empleo. Fue por la época en que a Alicia se la veía subir taciturna y con los ojos llorosos al pesero. Luego él encontró otro empleo y finalmente le propuso matrimonio, ese compromiso tan anhelado por ella…
Mi imaginación no es muy rica así que sólo les he creado aventuras cotidianas: el nacimiento de una niña, pero eso no requirió gran inventiva, sólo había que ver la panza de Alicia para saber. Entonces ella se veía feliz, con ese halo que se apodera de las mujeres cuando tienen un hijo. Yo le puse a su hija Dulce María, por lo que me siento un poco el padrino. Luego pasé algún tiempo sin cruzarme con ninguno de ellos, hasta hace un par de años, cuando la ví subir extremadamente delgada y con la mirada huidiza de quien no quiere delatar su dolor. Llevaba el dorso del brazo derecho tan quemado que aún con todo su empeño no lo podía ocultar. Yo cometí la imprudencia de aventurar una media sonrisa sin convicción que ella pescó al vuelo. Su mirada mezclada de reconocimiento y confusión escapó al rincón más oscuro del vehículo. Me reconoció pero sin saber de dónde. La vi escurrirse nerviosa entre pasajeros huyendo tal vez de mi. Qué ganas de acercarme y cobijarla en su temor, pero ¿qué podía yo decirle? “Mira, soy yo, el padrino de Dulce María, te conozco a ti y a Antonio de hace años, cuéntame qué fue lo que pasó…” Claro, seguro ni se llama Dulce María y yo soy sólo un extraño que gusta en trayectos largos de destapar el taparoscas y beber de mi imaginación. Alicia todavía me descubrió en un par de furtivas miradas hasta que nerviosa descendió mucho antes de donde solía bajar.
Desde entonces no han vuelto a aparecer, y ahí en el espacio que llenaban con su presencia me queda un hueco lleno de dudas donde extraño a aquellos que realmente nunca conocí. Yo sigo recorriendo esa misma ruta, tal vez un día me los tope de nuevo, tal vez nunca los vuelva a ver. Ahora evito inventar historias a mis compañeros de viaje. Me quedo día tras día pensando la continuación de aquella historia, invento finales que nunca me acaban de convencer.

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