Literatura imposible 11

EL CIRCO DE LAS VIRTUDES

TOM-TOM (Primera parte)

Se pintaba la cara de arlequín justo antes de que el circo cerrara.

Y salía a la tarde de nubes amarillas a vender globos rojos,

porque los globos rojos sólo se vendían en tardes amarillas como

la de ese día. Su cuerpo de paquidermo agonizante delataba la

enfermedad que hacía tiempo le aquejaba: Estaba triste, con ese

tipo de tristeza que se te mete entre la piel y los huesos y te

hincha todo el cuerpo. Estaba enfermo y sabía que esa tarde

posiblemente sería la última. Por eso era tan importante dejar

impecable el blanco que enmarcaba sus ojos de muñeca Antigua,

de prostituta recién salida a trabajar. Pero el no era la prostituta,

la prostituta era Ariela, la que se acostaba con los equilibristas

y los enanos, la que temblaba de lujuria con el olor a estiércol de

los caballos y los perros adiestrados, la que en noches de luna se

metía a hurtadillas en una jaula vacía para lanzarle carcajadas como

una hiena en celo a la luna. Carcajadas que él coleccionaba

como objetos raros en la grieta que se formaba en su corazón.

La conoció cuando todavía era un boxeador que ganaba una de cada

tres peleas. La conoció cuando todavía era una persona a quién no

le importaba mostrar su cara. Cuando a falta de efectivo su moneda

de cambio aún no era su dignidad.

Ariela era la sensación del circo ambulante que cada agosto

aparcaba hasta acabar el año en la frontera de su arrabal.

Su arrabal; ese rincón del mundo que era suyo: El cuadrilátero improvisado

donde aprendió a fajarse haciéndole de sparring a la vida.

En esas paredes tan sucias que parecía que la ciudad se limpiaba

la mierda con ellas. Paredes donde su sombra crecía y se alargaba

mientras él esperaba las tardes amarillas de agosto, sólo para verla

aparecer resplandeciente por la apertura de la lona de la pista tres.

El acto de Ariela era mágico, era la asistente que desaparecía de

la caja donde su padre el mago clavaba las espadas. Era la que

aparecía sorpresivamente donde nadie esperaba… Era la que aparecía

en agosto con brillos amarillos y se desvanecía en la oscuridad que

quedaba en enero.

Su vida de pugilista estaba acabada. Su físico había crecido en

Redondo y sus puños se movían con la lentitud de una araña bajo el

agua. Su vieja murió esa primavera dejándole de herencia las

hermosas flores de mayo que las vecinas depositaron en su lápida,

flores que para junio estaban marchitas como todo lo importante en

su vida: como sus brazos y piernas; como el mismo arrabal.

Sólo Ariela cuando llegó perfumada de agosto, de nubes amarillas,

seguía fresca y radiante. Sus ojos de recién nacida siempre eran más

claros al momento de aparecer. Entonces el volvía a sentir la vida.

Por eso fue que decidió unirse a la caravana. Por eso se aferró a

esa vida aún cuando sus manos tan acostumbradas a la penumbra de

unos guantes no entendían el concepto de aferrarse a nada.

Su número era simple: Sus 130 kilos todavía imponían el suficiente

respeto como para retar a los espectadores a que le aguantaran

3 rounds sin caer, billetes prometidos de por medio. Fue muy facil

al principio, una o dos temporadas fue el rey de esa arena, luego

sus piernas se le rindieron y un mal golpe le movió lo suficiente

la mandíbula para dejarle permanentemente una sonrisa amarga.

Después de eso no volvió a ganar. Cambió los golpes y los guantes

por las bromas de los payasos y los enanos que lo usaban de palero

en sus actos. Era el payaso gordo de los pastelazos, el de la

sonrisa eterna. Ya el mundo podía cagarlo a palos, que su sonrisa

seguiría ahí.

Luego todo se sumió en la oscuridad, la noche también se apropió

de agosto. Inundó su alma como un liquido negro que ahogó cualquier

sentimiento humano y lo convirtió en un animal que particularmente

gustaba acechar niños, esas criaturas de sonidos tan agudos que

se le quedaban dando vueltas muchas horas después que apagaran

las luces del circo. Esos cachorros que emulaban las carcajadas

de Ariela cuando descubrió su amor. Entonces la vio como realmente

era, con toda su lujuria, su suciedad. La podia haber estrangulado

ahí mismo sin ningún esfuerzo, su cuello tan Delgado cabía

perfectamente en una de sus palmas, pero en el último aliento un

húmedo brillo de agosto se filtró por sus ojos casi secos y lo

derribó como aquel golpe que le movió la mandíbula.

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