Literatura imposible 12

EL CIRCO DE LAS VIRTUDES

2. El fajador (segunda parte)

Cigarrillo tras cigarrillo penetra en los recuerdos; abre la puerta trancada durante tanto tiempo cobijado por la niebla que sale de su boca: esa otra puerta siempre mal cerrada. Le da otro jalón al porrito más que nada para olvidar que sigue ahí, para sentir que camina aunque siga sentado. Otro jalón nomás para finalmente dejarlo salir…
Y regresa a aquella época, lejos de los ocres de agosto y los oscuros inviernos; lejos de Ariela y su vida de depredador. El porro noblemente lo devuelve a donde todo comenzó…

TomTom Gálvez fue un buen boxeador, un fajador que no se echaba para atrás ni cuando el sentido común le gritaba desde la esquina de su cerebro que ya estaba, que el cuerpo exigía dejarse caer. Sabía que fue bueno porque aquel que crece con sólo dos puños para sobrevivir, tarde o temprano se vuelve un buen peleador. El viejo TomTom que desde niño no tuvo de otra que pelear. Porque era grande, más grande que los otros, aún cuando chico era grande, y en su arrabal los grandes le pegaban a los chicos y los grandes también se daban con los otros grandes, y aunque a él no le gustaba pelear, eso es lo que hacían ahí en la polvorosa calle que lo vio crecer. Ese arrabal donde supo que era bueno para pegar…


Al tiempo, de tanto golpearse con su suerte, ésta le regaló un par de guantes acolchonados: remendados y olorosos a sudor de derrota, pero más suaves que cualquier otra cosa que le hubiera pertenecido. Ellos fueron almohada donde recostar sus doloridos pómulos luego de una pelea, fueron picaporte con el que abrió la puerta de las posibilidades: primero como símbolo de respeto en el barrio hostil, luego herramienta con la que pudo ganarse algo más que el pan. Esos guantes fueron el eje sobre el que giró su suerte de juventud. Se abrieron ofertas: los Tíos Ricos comenzaron a pagarle para que los acompañara a cobrar alguna deuda, luego le pagaron para apostar por él y TomTom, siempre duro, se plantaba para recibir y brindar castigo, siempre serio, siempre sin un quejido. Esos mismos Tíos Ricos pensaron que tal vez ese bicho sin sonrisa podía dejarles algo si lo volvían profesional y nuevamente el gigante volvió a responder. Todo parecía mejorar…

Post a Comment