Medicina 0 – Misticismo 1

La mayor parte de las enfermedades tienen cura, solemos pensar, por lo que recurrir a rituales o creencias suele ser cada vez menos frecuentes. Pensamos que en pleno siglo XXI, ante el avance de la ciencia, son raros los males para los que no se tiene una respuesta, incluso ya podemos acudir a una farmacia, de cualquiera cadena cercana a nuestro hogar para recibir atención y medicamentos.

Si bien en México seguimos con tradiciones que recetan ante cada gripa el consabido té o remedios caseros, la cantidad de personas que acuden a un centro de salud o que buscan ayuda con un profesional de la medicina sigue siendo mayoritario, en principio por la confianza que nos despierta esto, aunque en ocasiones la realidad se empeña en sorprendernos al demostrarnos que no todo está escrito y que nuestra capacidad de asombro puede ser puesta a prueba en el momento menos pensado.

Es el caso de algo sucedido a un pequeño niño de 6 años. Santi, como le dicen sus padres, quien comenzó a mostrar síntomas de que algo no estaba bien en su organismo. Como cualquier padre de familia, los de Santi lo llevaron con un médico particular, luego con otro y con otro más al no encontrar un diagnóstico adecuado que permitiera encontrar una cura a su condición.

Los consultorios particulares dejaron su lugar a los hospitales, primero los locales en su lugar de residencia, Querétaro, para llegar al Infantil Federico Gómez en la agobiante CDMX. La respuesta a porqué seguía agravándose la condición del niño no llegaba, aunque si se acumulaban los descartes, eliminando la epilepsia y otras posibilidades.

El niño se estaba quedando ciego, tragaba con dificultad los alimentos y perdía la capacidad motriz ante la desesperación de sus padres, quienes lo regresaron a casa prácticamente derrotados.

Una nueva crisis en la salud del pequeño los hizo regresar de nueva cuenta a un hospital con el mismo y desalentador resultado que se había venido dando en los últimos meses, en los cuales no uno o dos, sino casi una veintena de médicos no atinaban al diagnóstico correcto.

Es cuando ocurre algo que le da un giro a la historia. Una vecina lo ve y pide a los padres que hablen con una amiga que vive en España, lo cual hacen por teléfono y enviando por WhatsApp fotos del niño. La conclusión de la interlocutora, especialista en ángeles y similares, es categórica: no está enfermo, tiene algo más a lo que sigue una recomendación y una dirección.

Los padres —que otra cosa podrían hacer, pues ya esperaban lo peor—, terminan en una iglesia en donde se venera a la Virgen del Pueblito. El sacerdote que los recibe, coincide con el diagnóstico de la amiga radicada en la península ibérica y pide al niño para llevarlo a una recámara, en donde sus padres atestiguan un ritual —no quiero decir exorcismo, pero seguro la idea pasó por sus cabezas, ¿verdad?—, ante el cual el niño se retorcía y quejaba.

Al cabo de unos minuto que se hicieron eternos, el sacerdote pidió que se llevaran al niño a casa. Ya ahí, la sorpresa fue que el menor le habló a su mamá. A partir de ese momento, el niño empezó una lenta recuperación, volvió a comer, se encuentra en terapia para volver a caminar y los padres recuperan la esperanza.

Virgen del Pueblito.

¿Qué sucedió en este caso, por qué la medicina no pudo en donde algo místico triunfó? Es posible que en unos meses tengamos una respuesta, pues un investigador de la Universidad estatal quiere revisar el caso, pero por lo pronto parece que el pasado se anotó un punto a favor sobre el avance científico, o tal vez se trata de una historia digna de algún género literario, pero con el detalle que es real y ocurrió en abril de 2018.

Y mientras termino estas líneas no dejo de pensar que estamos en pleno siglo XXI, una época en la que persiste el movimiento antivacunas, los terraplanistas, multitud de teorías de la conspiración como las de los chemtrails, las cuales podemos revisar en cientos de videos en YouTube para compartir gracias a nuestros smartphones en Facebook, Twitter, Instagram y demás redes, a un paso de llegar a Marte o del turismo espacial.

Parece que la pregunta que se puso de moda en los años 60 y 70 del siglo pasado sigue siendo válida, ¿qué onda con todo esto?

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