Nostalgias 3

Retrato de familia

Las estrellas desaparecen, pero su luz nos sigue iluminando

I.

Sólo apaguen la luz y cierren la puerta al salir. No es necesario que se queden, después de todo el final es el de siempre: Ustedes salen con los ojos llorosos, por la misma vieja puerta por la que entraron, a reanudar la rutina de sus vidas, y yo me quedo recostado, esperando a los hombres que me han de enterrar. No es necesario que se queden ni que intenten nada por coraje, ya ven, eso sólo los deja aquí, tendidos a la orilla del recuerdo. Sin vida ya para dar ni siquiera un último abrazo… Sólo cierren la puerta y sigan. Déjenme perderme con mis muertos en este tiempo que ya no es el de ustedes…

Eso imaginaba que escapaba de las comisuras de los labios entreabiertos de su padre muerto la niña Enriqueta. Eso mismo le gritaban los tres agujeros escondidos que aún ahora seguían enrojeciendo la blanca camisa de domingo con que lo vistieron para velarlo. Y al pensar en esos agujeros por donde esa vida se escapó, la habitación del improvisado velatorio le pareció más pequeña y más oscura. Toda la noche y la mañana se quedó ahí. Luego salió de la mano de mamá Chica, que parecía lloverla con las negras nubes de ese futuro incierto que se le escapaban de los ojos. No, más que una lluvia era como una cascada que caía de los ojos de su madre viuda a los suyos y de los suyos a los de Chabelita y terminaba en la pequeña Estér, quien no lloraba. Nada más se enjugaba el llanto que le llegaba de las demás.

Papá Miguel era un recio hombre de campo y gustaba de salir a sembrar antes que amaneciera, pese a las recomendaciones que Chica y las otras señoras grandes siempre le hacían: “No salgas de noche, ¿no ves que camino a la noria siempre se aparece la Llorona?”. Y el se reía con esas grandes carcajadas que olían un poco a ron y un poco a aguamiel, “Pues si me ha de salir, que me salga. A mí me espantan más los vivos que los aparecidos”. Y echaba a un lado su costal para no tener que buscarlo al tanteo en la madrugada. Como a eso de las 4 le ganaba al canto del gallo y salía para encontrarse con José Orozco, su hermano menor.

De las historias favoritas que Queta me contaba mientras la veía preparar la masa para los sopes era la del día que Papá Miguel de veras se topó con la Llorona:

“Habían caminado él y José unas 4 horas (porque en aquella época y en aquel lugar el tiempo y el espacio no se medían por minutos o kilómetros, sino por horas de camino) cuando a lo lejos vieron una mujer vestida de blanco agachada frente al río, como lavando ropa, con el cabello largo largo y negro cubriéndole el rostro. Entre más se acercaban más raro les parecía que alguien se hubiera levantado tan temprano y andado tanto como ellos sólo para ir a lavar. Además las mujeres siempre iban juntas más tarde y lavaban en la parte del río más cercana al pueblo para que los críos no tuvieran que andar hasta donde la noria. Ya a unos 100 pasos de distancia José le dijo: “Esto está muy raro y además se siente que no es cosa buena, mejor vámonos Miguel, no vaya a ser la Llorona”. “¡Qué va a ser! !Y además la Llorona me hace los mandados! Vas a ver, le voy a preguntar que qué hace aquí”. “Pues yo no me acerco, como te dije esta es cosa mala”. Miguel llegó cerquita de la mujer y tocando su hombro le preguntó si estaba bien pero no apenas comenzó a girar la cabeza distinguió una cara como de caballo o mulo con unos ojos rojos furibundos que brillaban bajo los mechones. Ahí sí que Papá Miguel se echó a correr y pasó a su hermano quien atónito se había tardado una fracción de segundo en reaccionar. A partir de ese día se les quitó la manía de madrugar para ir a la noria” remataba entre risas la señora Queta, mientras me daba a degustar el primero de una larga tanda de sopes de frijoles y de salsa…

Pero esa no fue la única historia de espantos que me contó…

También me hablaba de la hora de las brujas que es la seis de la tarde: “Porque es la hora que no es ni de día ni de noche, por eso es la hora del diablo y de las brujas”. Y yo encontraba una lógica incuestionable a aquellas palabras y siempre, faltando cinco para las seis apagaba el televisor y bajaba corriendo a la cocina a protegerme de la hora de las brujas que en aquel caserón de la colonia Vista Alegre me parecía inminente… Queta me esperaba y con paso de quien domina su lugar sacaba la leche para prepararme el chocolate, pero no prendía la luz porque después de tanto tiempo ambos sabíamos que sus historias se disfrutaban mucho más en la penumbra de la cocina degustando un chocolate y un buen pan…

“Las brujas siempre se suben arriba de los guayabos para asustar a los niños que pasen debajo. Se esperan a que uno se vaya adentrando y ya cuando está igual de lejos de la entrada que de la salida empiezan a agitar las ramas y a chillar como zanates y a reirse con carcajadas agudas… Porque a las brujas no les gusta que los niños anden por sus guayabos. Eso a mi no me lo contaron, yo misma pasé varias veces debajo de los guayabos y las oí antes de echarme a correr” “¿Pero tu viste alguna ves a una bruja?”. “Sí, pero no cuando andaba de gente. Una vez nos cruzamos con una que andaba en forma de perro y mamá Chica me dijo que no nos acercaramos porque era una bruja que andaba de nahual. Yo me le quedé viendo y clarito le ví los ojos de gente. Por eso supe que era una bruja”. Luego me contó que las brujas se ponían cuerpo de diferentes animales para andar entre la gente, pero que no podían disfrazar sus ojos y que a eso se le llamaba andar de nahual. También me contó que se quitaban las piernas para poder volar…

Otras historias eran las de las tres cruces y del tesoro de los revolucionarios y la del enamorado que se aparecía por el acueducto: “A el también lo mataron los Pinedas, como a mi tío y a mi papá. A mi tío por un pleito de apuestas y a mi papá para que no se fuera a vengar. Así eran las cosas por allá”.

Los Pinedas eran los caciques de Chicuasen, su tierra. Recuerdo que un día discutimos porque ella decía que no era mexicana, que era jarocha… “Sí, pero Veracruz está en México, así que eres mexicana”, le decía yo y me respondía: “Tu eres mexicano, porque naciste en México, pero yo no, yo nací en Chicuasen, que está en Veracruz, cerquita de Actopan, por eso soy jarocha, ¿cómo voy a ser mexicana si ya fue de grande que me vine a vivir a México?”… Y no había manera de ahí pal real. Primero me cansaba yo de discutir y la dejaba feliz y convencida que era jarocha y no necesitaba ser nada más…

Pues bien, el famoso aparecido se llamaba Remigio y le encantaba andar de enamorado hasta que conoció a la Toña, quien para su desgracia también era pretendida por Laurencio, el menor de los Pinedas y además amigo de Remigio. “Pero eran mala gente esos Pinedas y como eran los dueños de la hacienda, pues la policia no les hacía nada. Un día Laurencio invitó al Remigio a la cantina y muy de cuates le estuvo comprando botellas de aguardiente y diciéndole que no importaba, que el sabía que la Toña lo prefería al Remigio y que como eran casi hermanos que le deseaba que le correspondiera y fueran felices… Pero ya se la había jurado y ya tarde, cuando Remigio andaba bien servido Laureano se despidió y se fue a esperarlo al acueducto con su hermano Genaro (que era el más canijo, el que mató a mi papá y a mi tío José), a que pasara de vuelta a su casa y ai nomás lo mataron. Contaba mi papá que hasta la cantina se oían los gritos de Remigio reclamándole que por qué si eran amigos, si le había deseado suerte, hasta que se le extinguió la vida… Luego de eso se aparecía siempre como a las once preguntando por la Toña. Se dejó de aparecer hasta que pavimentaron”, me decía.

La historia de las tres cruces era la típica historia del tesoro que enterraron unos revolucionarios cerca del casco de una hacienda porque los venían alcanzando los pelones y que para reconocer el lugar clavaron una cruz. Luego, ya cuando se acabó la revolución los dos que quedaron vivos se citaron en el lugar para repartirse el tesoro, pero les ganó la ambición y acabaron matándose antes de desenterrarlo. “Por eso hay tres cruces, pero nadie se ha atrevido a buscar el tesoro porque dicen los aparecidos lo siguen cuidando para que nadie se lo lleve”. Yo imaginaba que cuando creciera un día iba a ir a desenterrar aquel tesoro porque a mi no me espantaba que se me aparecieran los aparecidos… Cuán mágica me parece ahora aquella época… Antigua magia de un pueblo lleno de leyendas y mitos que silenciosamente se había metido entre las cajas de cartón que sirvieron de maletas cuando Enriqueta, ya una joven madre de dos niños a sus escasos 20 años, se decidió a seguir a Chabela a la capital y entró a trabajar a nuestro servicio, dejando a sus hijos al cuidado de su querida mamá Chica y adoptando sin pensarlo a este niño tan lejano de su tierra a quien deslumbraba con esos cuentos ancestrales que le descubrieron un universo tan diferente al de sus compañeros de escuela, tan llenos de televisión y de juguetes caros. Tan sin sabor a sopes y enchiladas, tan ignorantes de la hora de las brujas y los caciques que mataban a placer…

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